Estuve, por ejemplo, con Enrique Vila-Matas, que me firmó Aire de Dylan con una de sus inconfundibles siluetas de sombrero y gabardina. Para Marchamalo!, dice escuetamente la dedicacatoria.Me encantó su Dietario voluble, y ahora esta historia de Dylan y el fracaso.
Llevaba en la solapa un broche con el rostro de Shakespeare, y le sorprendió que le reconociera. De sus libros, me encantó aquel de Siruela, Vidas escritas, y ése otro, La vida del fantasma.

Del primero acabo de leer Cuando Lázaro anduvo, una reflexión ácida y lúcida sobre esta sociedad desquiciada en la que vivimos.
Y de Pérez Andújar leí, no hace mucho, Paseos con mi madre, uno de los libros que más me han recomendado últimamente. Un retrato generacional lleno de guiños, recuerdos y emociones. Un libro estupendo.

A Montero, le presenté en Madrid su libro anterior, Pistola y cuchillo, dedicado a Camarón.
Y me encantó su Pólvora Mojada, la historia de Mateo Morral y sus bombas Orsini.
Támbien me gustan sus sombreros, y sus pañuelos, tan dandis, al cuello, un poco como los que llevaban los pistoleros en las películas del oeste.
Leí, fascinado, su Casa roja, por el que recibió el Premio Nacional de Poesía, y este año me dedicó su fantástico La bicileta del panadero, ambos en Calambur.
Las dedicatorias de Mestre son siempre excepcionales. Una fiesta de caballos, instrumentos musicales, retratos y colores. Un alarde de generosidad e inspiración. Una auténtica fortuna, como se ve. ¡Qué suerte!