viernes, 13 de mayo de 2011

Escritores que fuman

Cubierta de Viaje a Vasconcelos
Mi amigo Germán Úcar me llamó hace unos meses para pedirme un texto.
Le habían concedido un premio de edición, y pensaba compartirlo con sus clientes con un librito que me invitó a firmar.
El resultado es Viaje a Vaconcelos, consideraciones sobre la lectura, los libros y el arte de fumar, que saldrá en un par de semanas en una edición limitada para amigos.
Ayer recibí las primeras pruebas. Y releí la historia de Mijaíl Bajtin, un escritor ruso a quien Stalin condenó a un campo de trabajo, en Siberia.

Allí, durante su cautiverio, debió conformarse con fumar hierbas silvestres que él mismo recogía, y secaba, y que después liaba en las páginas de papel cebolla de un ensayo sobre Goethe que había escrito y que estaba corrigiendo.
Pasó los años fumándose hoja a hoja el manuscrito, en la seguridad de que había otra copia que había guardado en Moscú y que, al final, también se había perdido.
De modo que aquel libro, inconcluso, se marchó para siempre con el humo.

Hace unos meses publiqué, en este mismo blog, un artículo sobre tabaco y literatura, que se titulaba Sólo para fumadores donde hablaba de Faulkner, Conrad, Lispector, Camus, Onetti, Twain, y su vinculación con el humo. 
El humo, denso, poblado de la pipa, tan literaria siempre; el humo del cigarrillo, hipnótico y cortante, y el humo generoso, opíparo y casi nutritivo de los cigarros puros. Como los que fumaba Lezama, allí en la Habana, en su piso de la calle Trocadero, salpicado de nombres y adjetivos.