viernes, 26 de octubre de 2012

La libreta de Manuel Rivas

El otro día estuve con Manuel Rivas. Presentaba su último libro, Las voces bajas (Alfaguara) y grabé con él para La estación azul.
Un precioso libro dedicado a la memoria, los recuerdos, las ensoñaciones, y de lleno humor, poesía e imágenes deslumbrantes: la del niño que, en la escuela, tiene que sentarse sobre una maleta; la visión perturbadora de una peluquería fememenina, vacía, de noche; o la del hombre de la Diputación que asfalta un camino vestido de astronauta.

No conocía a Rivas más que de leer sus libros -recuerdo Qué me quieres amor, y su involvidable El lápiz de carpintero-, y me gustó su manera, pausada, de hablar, y el cuidado con que buscaba las palabras, que parecía elegir con el mimo con el que se escoge la fruta.

Me gustó también la libreta que llevaba con él, dentro de una maleta de fuelle, de aquellas de cuero algo escolares, llena de libros, carpetas y papeles. Le pregunté si me dejaría fotografiar alguna de las páginas, muchas con dibujos, recortes y anotaciones en distintos colores, y me dijo que sí.


Son éstas de aquí abajo. Tan misteriosas. Tan sugerentes. Tan ligeramente -es culpa mía esta vez- desenfocadas.



5 comentarios:

Blumm dijo...

Acabo de hacerme la pregunta en twitter, ¿qué soporte digital y superespacial sería capaz de igualar la belleza de una libreta, herramienta de escritor? ¿Qué, qué? ¡Nada!
Gracias por las fotografías.

Blog de Jesús Marchamalo dijo...

A ti Blumm, gracias.
Me pillas tirando, en este momento, tres cintas Beta que andaban por casa, escondidas en las estanterías.
Me he preguntado lo mismo que tu.

Aldabra dijo...

nada puede suplir a una de esas libretas...

a Rivas le gusta Hopper... y a quién puede no gustarle?

biquiños,

Blog de Jesús Marchamalo dijo...

es cierto Aldabra, Sí.
Hablo de Hopper.
Besos.

Lula Fortune dijo...

Hace un par de años coincidí con Rivas en el tren de Coruña a Vigo. El vagón estaba prácticamente vacío y él estaba sentado detrás de mi. Me pasé el viaje dándome ánimos para acercarme a él, para decirle los buenos ratos que había pasado con algunas de sus páginas, para decirle...no sé qué... De vez en cuando yo giraba la cabeza para espiar y lo veía ensimismado escribiendo en un cuaderno. Eso, mi timidez y puede que aquel "detesto molestar" que decía Bryce Echenique, me hicieron desistir. No le dije nada.
Veo ahora en tu blog, el misterio de aquel ensimismamiento y en el fondo me alegro de no haberle dicho nada.
Los azares y misterios de la vida son los que nos mantienen atados a ella.
Un saludo