Una en el sótano, donde los libros permanecen en cajas, desordenados, hasta que decide qué hacer con ellos; llevarlos a las estanterías de la primera planta, cerca de donde trabaja, o subirlos al "infierno", como él lo llama.
El único -me cuenta- que en contra de lo que ocurre con todos los infiernos está en lo alto, en el desván de suelo de madera y claraboya.
Pero incluso ahí, como los dioses misecicordiosos, sube de vez en cuando Gamoneda, para revisar las cajas, repasarlas, y ver a cuál de aquellos libros condenados puede, de nuevo, bajar al sótano para estudiar un indulto.
Así que hay un trajín, siempre, de cajas, que suben y bajan, y torres de libros que, en su camino hacia arriba, al infierno, o hacia abajo, camino al purgatorio, se encuentran en algún descansillo, desconocedores, todos ellos, de la suerte que al final los espera.
Hubo un tiempo -escribió- en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la lluvia.
Me encantó conocerle. Ver sus libros. Charlar.