El año pasado coordiné para el Instituto Cervantes una treintena de páginas web dedicadas a escritores en español.
En el proyecto participaron un grupo de colaboradores de lujo: Nuria Barrios, José Andrés Rojo, Andrés Ibáñez, Juan Bonilla, Rodrigo Fresán, Valentina Valverde, Jesús Ferrero, Fernando Savater, José Carlos Mainer, Juan Cruz, Javier Gomá, Carlos Marzal, Irene Gracia, Carmen Iglesias, Antonio Colinas, Menéndez Salmón, Estrella de Diego, Guelbenzu, Gustavo Martín Garzo...
Cada una de las páginas recoge una serie de artículos en los que escritores, críticos, gente del mundo de la unviersidad, se acerca a al escritor o su obra.
Ya han subido las primeras páginas y os invito a que las visitéis. Os dejo enlaces a las dedicadas a Miguel Hernández, Gonzalo Torrente y, a partir de esta misma semana, a la de Vicente Aleixandre.
martes, 22 de marzo de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
Emilio González Sáinz
| Emilio ante uno de sus cuadros |
Un escenario de solitarios melancólicos: escaladores y paseantes decimonónicos, de catalejo y levita, melena al viento, bontines y bastón.
El jueves inauguró una exposición en la galería EGAM, de Madrid, titulada Nuevos Paisajes.
La exposición puede visitarse hasta el día 16 de abril.
domingo, 13 de marzo de 2011
Cortázar lector
Preparo un libro para la editorial Fórcola que se titulará Cortázar y los libros. Así que llevo un par de semanas en la Biblioteca de la Fundación Juan March, donde están los libros de su biblioteca personal que su viuda, Aurora Bernárdez, donó a la fundación tras su muerte.
Algo más de cuatro mil ejemplares, que muestran al Cortázar lector: páginas profusamente anotadas, comentadas y llenas de cruces, subrayados, corchetes, y todo de tipo de señales con las que dialogaba con el autor.
"Ojo!", escribe a veces en los márgenes. "Ça!". "Bien!", o responde a alguna pregunta, o comentario, que se formula en el texto.
Las anotaciones están escritas, indistintamente, el francés, inglés, o español, y con lápiz, bolígrafo -de varios colores- o rotulador.
Abajo se ve su edición de Poesías Completas, de Salinas, en la que anota que lee en un restaurante lleno de vampiros, "todos miran a los clientes como si les calcularan los glóbulos rojos", bromea.
También hay multitud de libros dedicados, por muchos de sus escritores amigos: Lezama Lima, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Alejandra Pizarnik, Gabriel García Márquez, Onetti o -abajo- Neruda y Octavio Paz.
El otro día encontramos también flores secas prensadas entre las páginas de su ejemplar de Las flores de mal, de Baudelaire. Un libro muy apropiado, desde luego, para convertirlo en herbario.
Hace un par de años hice una página para el Instituto Cervantes, dedicada a la biblioteca de Julio Cortázar, que puede verse aquí.
Algo más de cuatro mil ejemplares, que muestran al Cortázar lector: páginas profusamente anotadas, comentadas y llenas de cruces, subrayados, corchetes, y todo de tipo de señales con las que dialogaba con el autor.
"Ojo!", escribe a veces en los márgenes. "Ça!". "Bien!", o responde a alguna pregunta, o comentario, que se formula en el texto.
Las anotaciones están escritas, indistintamente, el francés, inglés, o español, y con lápiz, bolígrafo -de varios colores- o rotulador.
Abajo se ve su edición de Poesías Completas, de Salinas, en la que anota que lee en un restaurante lleno de vampiros, "todos miran a los clientes como si les calcularan los glóbulos rojos", bromea.
También hay multitud de libros dedicados, por muchos de sus escritores amigos: Lezama Lima, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Alejandra Pizarnik, Gabriel García Márquez, Onetti o -abajo- Neruda y Octavio Paz.
El otro día encontramos también flores secas prensadas entre las páginas de su ejemplar de Las flores de mal, de Baudelaire. Un libro muy apropiado, desde luego, para convertirlo en herbario.
Hace un par de años hice una página para el Instituto Cervantes, dedicada a la biblioteca de Julio Cortázar, que puede verse aquí.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Cortázar y el miedo
Julio Cortázar. Contaba a menudo aquella vez, de niño, que se despertó sobresaltado. Lo había sacado del sueño, abruptamente, un sonido afilado. Extraño y desconocido.
LLoraba y su madre se acercó hasta su cama. "Es un gallo", le dijo. "No te asustés". Y el pequeño Cortázar -los ojos de un azul casi líquido- siguió llorando, desconsolado, porque no sabía lo que era un gallo, y el nombre le resultó mucho más amenazante que su canto.
viernes, 25 de febrero de 2011
Fotografías de escritores
| Luis Landero |
Un recorrido por bibliotecas de conocidos escritores -Vargas Llosa, Clara Sánchez, Vila-Matas, Gamoneda, Pérez Reverte, Clara Janés, Martín Garzo, entre otros, hasta un total de veinte-, que hablan de sus lecturas y autores, y su relación con los libros.
| Fernando Savater |
Hacía tiempo que no hacía fotos, y ha sido una sorpresa, también, ese reencuentro con la luz y el retrato.
| Soledad Puértolas |
| Clara Janés |
| Juan Eduardo Zúñiga |
Descubro en todos ellos, de repente, la búsqueda (o el hallazgo) de una actitud ensimismada. Esa observación curiosa y persistente que exige el oficio. Contemplar, y mirar.
Si es cierto, como dicen alguos, que se fotografía en los demás aquello que buscamos de nosotros, no sabría cómo intrerpretar esas miradas, esquivas, casi siempre, enigmáticas y llenas de preguntas, y también de una serenidad incierta y definitivamente contagiosa.
| Jesús Ferrero |
| Javier Marías |
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domingo, 13 de febrero de 2011
Posar
Necesitaba unas fotos para la solapa de mi nuevo libro, y pensé en
que tal vez aceptara hacerlas la fotógrafa y artista plástica Karina Beltrán, a la derecha, en un autorretrato que he sacado de su perfil en Facebook.
Siempre me han gustado sus imágenenes, luminosas y sugerentes, también provocadoras y poéticas, y me divirtió la idea de posar para ella, casi sin conocernos.
Así que quedamos en la cafetería del Círculo de Bellas Artes, y anduvimos un rato hasta el estudio que comparte con otros artistas, con las paredes llenas de rastros de pintura.
Es raro posar, así de entrada.
O, al menos, es raro para mí. Y tengo la impresión de haber mostrado una resitencia reiterada, pudorosa, de brazos cruzados y manos en los bolsillos, rutinaria, durante gran parte de la sesión.
No sé cuántas fotos hicimos -muchas-, pero sí hubo un momento en que empecé a sentirme a gusto, tal vez secretamente confiado. Y ahí debe radicar el misterio.No estoy nada convencido de que sea bueno posando, si acaso todo lo contrario. Pero me encantó seguir sus instrucciones, y descubrir en sus retratos gestos, sombras, miradas que no recuerdo haber visto nunca en otras fotos.
Hay en cada una de ellas rasgos extrañamente familiares, reconocibles, y al tiempo llamativamente ajenos, inéditos y por tanto inquietantes. Debe ser esa la manera en que los demás te ven.
Me encantó la experiencia. Y las fotos son definitivamente alguna de las mejores que me han hecho.Me gusta de todas ellas el color y la atmósfera, algo intrigante.
Para la solapa del libro tal vez acabe eligiendo esta de abajo. Me atrajo desde el principio la mancha multicolor, detrás, que contrasta con el blanco, a la izquierda. Y ese gesto tranquilo y extrañamente lleno de preguntas.
domingo, 6 de febrero de 2011
Tiro con arco
Llevo algo más de un año tirando con arco. Voy, cada sábado, a unas instalaciones de la Federacion en la Plaza Elíptica, y dedico la mañana a tirar -unas veces con más éxito que otras- a distintas distancias.
El tiro con arco es, entre las cosas que hago, la que mayor curiosidad despierta con diferencia.
Me suelen preguntar por el arco, las flechas, la manera de empezar... Y me divierte pensar que, hace apenas un año, yo mismo habría formulado las mismas o parecidas preguntas.
Vamos por partes.
Lo normal -y lo aconsejable- es empezar con un curso de iniciación. Hay muchos clubes que los imparten, y las distintas federaciones territoriales también los organizan.
Después, hay que comprarse un arco (conviene). El cuerpo, las palas, un carcaj y, al menos, media docena de flechas.
Las flechas, por cierto, se cortan a medida, dependiendo de la envergadura del tirador. Y cada arquero elige el color de las plumas. Las mías son naranjas.
Después, según se avanza en la técnica, se van añadiendo otros elementos: el visor, el estabilizador frontal, los laterales, el clicker que señala el momento en el que hay que soltar la flecha, el boton de presión...
Hasta que acabas pareciendo un sputnik.
Se tira a distintas distancias: 18, 30, 50, 70 y 90 metros y para cada una de ellas se ajusta el visor a una altura diferente.
Lo habtual es empezar tirando a distancias cortas e ir tirando cada vez más lejos, según se va adquiriendo pericia.
Muchas veces me preguntan cómo es posible acertar a una diana situada a setenta metros, y, con franqueza, es algo que yo también a menudo me pregunto.
Ser capaz de mecanizar los movimientos ayuda, desde luego, a que las flechas vayan siempre al mismo sitio.
Así que gran parte del entrenamiento consiste en repetir los distintos pasos una y otra vez, corrigiendo errores: se abre el arco, se apoya la mano de cuerda en la barbilla, se tira hacia atrás del codo y el hombro derecho hasta que salta el cliker, y se suelta la flecha llevando la mano hacia el oído. Ya hablé de la posición del tiro en otro post.
Y luego te acercas a ver el resultado.
Aqui al lado, algunos de mis compañeros del club ARCUS: Victor, a la izquierda, y a continuación Pepe, Emilio y Ricardo.
Pepe, nuestro entrenador, tiene el número de licencia 003. Siempre bromeamos con el argumento de que la consiguió antes incluso que el mítico James Bond.
El tiro con arco es, entre las cosas que hago, la que mayor curiosidad despierta con diferencia.
Me suelen preguntar por el arco, las flechas, la manera de empezar... Y me divierte pensar que, hace apenas un año, yo mismo habría formulado las mismas o parecidas preguntas.
Vamos por partes.
Después, hay que comprarse un arco (conviene). El cuerpo, las palas, un carcaj y, al menos, media docena de flechas.
Las flechas, por cierto, se cortan a medida, dependiendo de la envergadura del tirador. Y cada arquero elige el color de las plumas. Las mías son naranjas.
Después, según se avanza en la técnica, se van añadiendo otros elementos: el visor, el estabilizador frontal, los laterales, el clicker que señala el momento en el que hay que soltar la flecha, el boton de presión...
Hasta que acabas pareciendo un sputnik.
Se tira a distintas distancias: 18, 30, 50, 70 y 90 metros y para cada una de ellas se ajusta el visor a una altura diferente.
Lo habtual es empezar tirando a distancias cortas e ir tirando cada vez más lejos, según se va adquiriendo pericia.
Muchas veces me preguntan cómo es posible acertar a una diana situada a setenta metros, y, con franqueza, es algo que yo también a menudo me pregunto.
Ser capaz de mecanizar los movimientos ayuda, desde luego, a que las flechas vayan siempre al mismo sitio.
Así que gran parte del entrenamiento consiste en repetir los distintos pasos una y otra vez, corrigiendo errores: se abre el arco, se apoya la mano de cuerda en la barbilla, se tira hacia atrás del codo y el hombro derecho hasta que salta el cliker, y se suelta la flecha llevando la mano hacia el oído. Ya hablé de la posición del tiro en otro post.
Y luego te acercas a ver el resultado.
| El arco, con sus accesorios |
Aqui al lado, algunos de mis compañeros del club ARCUS: Victor, a la izquierda, y a continuación Pepe, Emilio y Ricardo.
Pepe, nuestro entrenador, tiene el número de licencia 003. Siempre bromeamos con el argumento de que la consiguió antes incluso que el mítico James Bond.
jueves, 27 de enero de 2011
Mañana con Gamoneda
Ayer pasé la mañana en León, con Antonio Gamoneda, hablando de sus libros, y de cómo los ordena. Y me contó de su biblioteca dividida en tres partes.
Una en el sótano, donde los libros permanecen en cajas, desordenados, hasta que decide qué hacer con ellos; llevarlos a las estanterías de la primera planta, cerca de donde trabaja, o subirlos al "infierno", como él lo llama.
El único -me cuenta- que en contra de lo que ocurre con todos los infiernos está en lo alto, en el desván de suelo de madera y claraboya.
Pero incluso ahí, como los dioses misecicordiosos, sube de vez en cuando Gamoneda, para revisar las cajas, repasarlas, y ver a cuál de aquellos libros condenados puede, de nuevo, bajar al sótano para estudiar un indulto.
Así que hay un trajín, siempre, de cajas, que suben y bajan, y torres de libros que, en su camino hacia arriba, al infierno, o hacia abajo, camino al purgatorio, se encuentran en algún descansillo, desconocedores, todos ellos, de la suerte que al final los espera.
Y me habló, con nostalgia, de una vieja colección de Dick Turpin que leyó de pequeño, y que no ha vuelto a encontrar en los estantes; y de ese poemario que publicó su padre en 1919, Otra más alta vida -el único libro que hubo en su casa durante tiempo- en el que aprendió a leer, y al tiempo, y casi sin querer, la poesía.
Hubo un tiempo -escribió- en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la lluvia.
Me encantó conocerle. Ver sus libros. Charlar.
Una en el sótano, donde los libros permanecen en cajas, desordenados, hasta que decide qué hacer con ellos; llevarlos a las estanterías de la primera planta, cerca de donde trabaja, o subirlos al "infierno", como él lo llama.
El único -me cuenta- que en contra de lo que ocurre con todos los infiernos está en lo alto, en el desván de suelo de madera y claraboya.
Pero incluso ahí, como los dioses misecicordiosos, sube de vez en cuando Gamoneda, para revisar las cajas, repasarlas, y ver a cuál de aquellos libros condenados puede, de nuevo, bajar al sótano para estudiar un indulto.
Así que hay un trajín, siempre, de cajas, que suben y bajan, y torres de libros que, en su camino hacia arriba, al infierno, o hacia abajo, camino al purgatorio, se encuentran en algún descansillo, desconocedores, todos ellos, de la suerte que al final los espera.
Hubo un tiempo -escribió- en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la lluvia.
Me encantó conocerle. Ver sus libros. Charlar.
sábado, 15 de enero de 2011
Fotos y muñequitos
Me gustan los estantes llenos de cachivaches: papeles, postales, muñecos, figuras y pequeños recuerdos.
Un escenario, casi, de chamarilería, de museo de prodigios, de almacén de objetos desparejados.
Piedras, fósiles, fotografías, medallas y condecoraciones escolares.
Hay aviones, tijeras, cajas de cerillas que han ido llegando no sé sabe de dónde, un viejo tintero, una muñequita repetida de los Kinder, y un par de trozos de antiguas chimeneas ennegrecidas por el humo de Palermo. Me gusta ese universo de fragmentos traídos de aquí y de allá, cada uno con su historia minúscula.
Un pedazo de ámbar comprado en una feria de minerales; un trozo de adoquín de la Gran Vía; una horma de zapato al lado de una foto, en blanco y negro, de Calvino.
Una cuchara de alpaca, con iniciales; dos flotadores para pescar, la composición, en letras de plomo, de una invitación de boda, un cartucho de caza.
De cada uno podría contar su historia. O inventarla. Un barquito, dos pesas de balanza, cantos rodados -blancos, negros y grises- recogidos en una playa. Y las letras de madera de aquella antigua imprenta donde se hacían carteles.
Los testigos de la facultad de encontrar, o también de ser uno el encontrado.
Un escenario, casi, de chamarilería, de museo de prodigios, de almacén de objetos desparejados.
Piedras, fósiles, fotografías, medallas y condecoraciones escolares.
Una cuchara de alpaca, con iniciales; dos flotadores para pescar, la composición, en letras de plomo, de una invitación de boda, un cartucho de caza.
De cada uno podría contar su historia. O inventarla. Un barquito, dos pesas de balanza, cantos rodados -blancos, negros y grises- recogidos en una playa. Y las letras de madera de aquella antigua imprenta donde se hacían carteles.
Los testigos de la facultad de encontrar, o también de ser uno el encontrado.
domingo, 2 de enero de 2011
Antonio Porchia
He leído en alguna parte que fue carpintero, tejedor y tipógrafo, entre otros oficios, y que, cumplidos los cincuenta, se retiró a una casa con su mujer, a las afueras. Llevó a partir de entonces una vida modesta en la que cambiaba con frecuencia de domicilio, siempre a uno más pequeño, viviendo de la diferencia de precio con el que dejaba.
En 1943 sus amigos le habían editado sus "voces", una especie de aforismos poéticos, en una edición sufragada por ellos que prácticamente se distribuyó sólo en bibliotecas.
Durante años, sus frases pasaban de mano en mano, fotocopiadas una y otra vez, copiadas en cuartillas o cuadernos, o tomadas al dictado cuando, de vez en cuando, le invitaban a leerlas por radio.
"Se vive con la esperanza de ser un recuerdo"; "Todos pueden matarme, pero no todos pueden herirme"; "Hay olvidos que son quien olvida"...

Allí, en su casa, recibía con frecuencia a sus amigos, y se dedicaba a escribir, "esas pequeñas cosas que yo hago", como él las definía, y que fascinaron, en París, a Quenneau y a Breton.
Hace unos años la editorial Pre-textos publicó Voces Reunidas. Manuel Borrás había encontrado uno de sus libros en una librería de viejo, en Buenos Aires, y quedó fascinado por su poesía y su mirada lúcida y melancólica.
Murió en 1968, tras resbalar de la escalera a la que se había subido a podar uno de los árboles de su jardín.
"Te llevaré flores -escribió- donde ellos saben que estás y donde yo sé que estás; en ambos lugares distintos"
Página dedicada a Antonio Porchia
En 1943 sus amigos le habían editado sus "voces", una especie de aforismos poéticos, en una edición sufragada por ellos que prácticamente se distribuyó sólo en bibliotecas.
Durante años, sus frases pasaban de mano en mano, fotocopiadas una y otra vez, copiadas en cuartillas o cuadernos, o tomadas al dictado cuando, de vez en cuando, le invitaban a leerlas por radio.
"Se vive con la esperanza de ser un recuerdo"; "Todos pueden matarme, pero no todos pueden herirme"; "Hay olvidos que son quien olvida"...

Allí, en su casa, recibía con frecuencia a sus amigos, y se dedicaba a escribir, "esas pequeñas cosas que yo hago", como él las definía, y que fascinaron, en París, a Quenneau y a Breton.
Hace unos años la editorial Pre-textos publicó Voces Reunidas. Manuel Borrás había encontrado uno de sus libros en una librería de viejo, en Buenos Aires, y quedó fascinado por su poesía y su mirada lúcida y melancólica.
Murió en 1968, tras resbalar de la escalera a la que se había subido a podar uno de los árboles de su jardín.
"Te llevaré flores -escribió- donde ellos saben que estás y donde yo sé que estás; en ambos lugares distintos"
Página dedicada a Antonio Porchia
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