Un precioso libro dedicado a la memoria, los recuerdos, las ensoñaciones, y de lleno humor, poesía e imágenes deslumbrantes: la del niño que, en la escuela, tiene que sentarse sobre una maleta; la visión perturbadora de una peluquería fememenina, vacía, de noche; o la del hombre de la Diputación que asfalta un camino vestido de astronauta.
No conocía a Rivas más que de leer sus libros -recuerdo Qué me quieres amor, y su involvidable El lápiz de carpintero-, y me gustó su manera, pausada, de hablar, y el cuidado con que buscaba las palabras, que parecía elegir con el mimo con el que se escoge la fruta.
Me gustó también la libreta que llevaba con él, dentro de una maleta de fuelle, de aquellas de cuero algo escolares, llena de libros, carpetas y papeles. Le pregunté si me dejaría fotografiar alguna de las páginas, muchas con dibujos, recortes y anotaciones en distintos colores, y me dijo que sí.
Son éstas de aquí abajo. Tan misteriosas. Tan sugerentes. Tan ligeramente -es culpa mía esta vez- desenfocadas.
