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jueves, 14 de octubre de 2010

Escritores y gatos

Siempre que hablo de escritores y gatos, me viene a la cabeza esa foto de Cortázar. Él grande y despeluchado, la mirada atrevida, melancólica y franca, y ella en una pose aristocrática, tan felina, distraída como todas las gatas. 

Se llamaba Franelle, y perdió alguna de sus vidas -los gatos franceses tienen nueve- cuando cayó desde el tejado de la casa por el que le gustaba, como a todos los gatos, escaparse. 
Hay una vinculación secreta, extraña, no sé si inexplicable, entre los escritores y los gatos.

Los gatos, es verdad, tienen una zalamería literaria. Se enredan en las piernas, ronronean o maúllan con poética melancolía, y se acuestan, cálidos y mullidos, sobre el regazo, siguiendo con la mirada cómo se mueve el lápiz sobre el papel.
 
Hay decenas de escritores que se han fotografiado con sus gatos. Hemingway (arriba, a la derecha) en su habanera "Finca Vigía"; el viejo Hesse (a la izquierda, arriba) y su mirada gris helada; o Keruac, el viajero, con su gato en los brazos, como si fuera un niño ¿Cómo se llamaría?
Siempre me han provocado curiosidad los nombres. María Zambrano, que llegó a tener un nutrido ejército de gatas, allí en su casa en Roma, las llamaba Pelusa, por ejemplo,  Tigra, Lucía o Blanquita.

He leído en alguna parte que Twain (abajo) buscaba siempre para ellos nombres sonoros y provocadores. Los llamaba Bufón, Gato perdido, Perezoso... Y a veces Puré agrio, Pestilencia, Pecadillo... No sé cómo sonará Pecadillo en ese inglés sureño de cachimbas y barcos de palas, en el Mississippí, pero me parece un nombre divertido para un gato.

Una vez, siendo niño, le recetaron un jarabe de gusto apestoso. Y cuenta en sus memorias cómo, mientras su madre no miraba, aprovecho para echarlo en el comedero del gato, en la cocina.
Y allí vio cómo se acercaba curioso y lo olía, y comenzaba a a relamerse. Y al poco vio como el gato, igual que si hubiera recibido una descarga eléctrica, empezó a correr por la cocina, atropellado, y a saltar contra las paredes, hasta que acabó escapando al jardín por una ventana.

Aquel gato no volvió a mirar a Twain sin recelar. Y Twain echó el resto del jarabe por el lavabo.





viernes, 10 de septiembre de 2010

Miss Lessing

Doris Lessing. La foto está hecha, en su casa, en Londres, hace casi diez años, y apareció ayer ordenando papeles.

Fuí a hacerle una larga entrevista para TVE -una suerte-, y posamos en la escalera de la cocina de su casa que daba a ese jardín muy londinense, un poco selvático, por el que, nos contó, a veces se veía pasar algún zorro que llegaba a buscar por las basuras. 
Nos sorprendió a todos, de esa mujer menuda, educada, algo distante, su resolución: la fuerza que transmitía en cada palabra, con cada movimiento, con cada uno de sus gestos, femeninos pero en cierto modo autoritarios.
Nos habló de su infancia, en Irán, de su padre, mutilado de guerra,y de su joven madre, que había sido enfermera, y que cuando se trasladaron a Rhodesia, a vivir a una granja, llevó con ella multitud de vestidos que nunca pudo ponerse, y con los que los niños acabaron jugando a los disfraces.
Recuerdo su manera de hablar, suave y precisa, y recuerdo que nos mostró esta foto, y el flequillo que llevaba. Se rió diciendo que era un corte de pelo muy de novelista de la época.
"Todas las escritoras, entonces, llevábamos el flequillo así", dijo. Y sonrió con una nostálgica coquetería mientras, a su lado, en un cojín, dormitaba un inmenso gato blanco y negro al que, no nos enteramos bien por qué, le faltaba una pata.