Un escenario, casi, de chamarilería, de museo de prodigios, de almacén de objetos desparejados.
Piedras, fósiles, fotografías, medallas y condecoraciones escolares.
Una cuchara de alpaca, con iniciales; dos flotadores para pescar, la composición, en letras de plomo, de una invitación de boda, un cartucho de caza.
De cada uno podría contar su historia. O inventarla. Un barquito, dos pesas de balanza, cantos rodados -blancos, negros y grises- recogidos en una playa. Y las letras de madera de aquella antigua imprenta donde se hacían carteles.
Los testigos de la facultad de encontrar, o también de ser uno el encontrado.