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viernes, 26 de octubre de 2012

La libreta de Manuel Rivas

El otro día estuve con Manuel Rivas. Presentaba su último libro, Las voces bajas (Alfaguara) y grabé con él para La estación azul.
Un precioso libro dedicado a la memoria, los recuerdos, las ensoñaciones, y de lleno humor, poesía e imágenes deslumbrantes: la del niño que, en la escuela, tiene que sentarse sobre una maleta; la visión perturbadora de una peluquería fememenina, vacía, de noche; o la del hombre de la Diputación que asfalta un camino vestido de astronauta.

No conocía a Rivas más que de leer sus libros -recuerdo Qué me quieres amor, y su involvidable El lápiz de carpintero-, y me gustó su manera, pausada, de hablar, y el cuidado con que buscaba las palabras, que parecía elegir con el mimo con el que se escoge la fruta.

Me gustó también la libreta que llevaba con él, dentro de una maleta de fuelle, de aquellas de cuero algo escolares, llena de libros, carpetas y papeles. Le pregunté si me dejaría fotografiar alguna de las páginas, muchas con dibujos, recortes y anotaciones en distintos colores, y me dijo que sí.


Son éstas de aquí abajo. Tan misteriosas. Tan sugerentes. Tan ligeramente -es culpa mía esta vez- desenfocadas.



lunes, 9 de julio de 2012

Billetes de escritores


Ayer volví encantado de la Plaza Mayor (los domingos se organiza un mercado de sellos y monedas) porque encontré este precioso billete escocés de una libra, en el que aparece la efigie, sonriente, de Stevenson. 

No sé cuánto hace que colecciono billetes de escritores. De hecho no creo que pueda hablarse de una colección. ya que no existe esa obsesión por inventariar ni completar, tan del coleccionista.
Sin embargo sí me gusta encontrarlos e irlos guardando.Tengo, no sé, tal vez una docena: Pessoa (a la izquierda), en un billete de cien escudos de Portugal; Victor Hugo, en uno de cinco francos; o éste, también francés, dedicado a Saint-Exupery.


En España, recuerdo los billetes de mil y dos mil pesetas antes del euro -Ay!- con las caras de Pérez Galdós, y Juan Ramón Jiménez.





Y antes, el de Becquer, de cien pesetas; el de Calderón, de 25; el de Rosalía de Castro, de 500, y el de Cervantes, de 100.
Otro país en el que los escritores fueron protagonistas preferentes del papel moneda fue Irlanda. Hay un billete de 10 libras con la imagen de Joyce, que busco desde hace tiempo, y otro de 20 libras con la de Yeats.
Y hace poco encontré éste de la derecha, con el rostro de César Vallejo -la mano en la barbilla- de diez mil intis, de Perú.

Billete de 20 libras irlandesas, dedicado a Yeats


Gabriela Mistral en un billete chileno
Sé que hay un billete argentino en el que aparece Borges, y otro chileno, homenaje a Gabriela Mistral.
Y no he conseguido dar, por mucho que he buscado, con ninguno dedicado a Nabokov,  por ejejmplo, ni a Dumas, ni a Franz Kafka, que quedaría estupendo con su cara alargada, los pómulos marcados, y su mirada fija. De hipnotizador, casi.

Aunque sí lo he encontrado en sello de correos. Así que no descarto empezar con la filatelia. Qué pereza!


domingo, 1 de julio de 2012

Pepe Hierro, a mano.


He estado este fin de semana en Santander, viendo una exposición dedicada a Pepe Hierro en el Palacete del Embarcadero. 

Se titula La mano de Pepe Hierro, e indaga en su faceta como pintor y dibujante: barcas, flores, marinas, guitarras e instrumentos musicales y esos autorretratos suyos, casi estremecedores, surcados de trazos y borrones tajantes y extrañamente expeditivos.
.
  

Cuenta Carlos Galán en el tríptico que acompaña la muestra, que Hierro pintaba, y que pintaba mucho. Que al terminar una comida con amigos aprovechaba alguna servilleta, de papel o de tela, para dibujar.
Y se le recuerda, en las ferias del libro, firmando sus dedicatorias con una caja de acuarelas, cuando no dedicaba mojando los pinceles directamente en el café. "La única manera de vender libros de poesía -dijo en alguna ocasión- es pintándolos".

Hay una vieja tradición de escritores que dibujan o pintan, como si nunca se diera un único talento. Pintaba Alberti, pintaba Lorca, pintaba Gabriel Celaya, y escribían Dalí y Ramón Gaya. 
Pintaba, por lo visto, Juan Benet. Pintaba Buero (el conocidísimo retrato de Miguel Hernández a a lápiz, lo dibujó él en la cárcel del Conde de Toreno, cuando ambos estaban allí presos). Y hoy pintan, o dibujan, Juan Carlos Mestre, Trapiello o Benítez Reyes que ha utilizado alguno de sus collages como imagen de cubierta para sus libros. 


Volviendo a la exposición de Pepe Hierro, se regalan unas pequeñas estampitas con alguno de sus poemas más conocidos. Ese soneto que se titula Vida, por ejemplo, que le costó tanto terminar, según contaba, y que acaba diciendo:

     Qué mas da que la nada fuera nada
     si más nada será, después de todo,
     después de tanto todo para nada.

Por cierto que la editorial Nordica acaba de editar Hierro ilustrado. Una antología de sus poemas imprescindibles, ilustrada por muchos de sus dibujos mas conocidos.
Una estupenda oportunidad de encontrarsse con Pepe Hierro que, este año, habría cumplido noventa.
Más información sobre Hierro ilustrado, AQUI:
La exposición, organizada por la UIMP puede visitarse hasta el día 29 de julio.

miércoles, 4 de abril de 2012

El libro de Vila-Matas

Compré este verano en Satander este libro que, me contaron, había sido de Enrique Vila-Matas.
Se había mudado, al parecer, de casa, y el librero había comprado parte de los libros que dejó abandonados en la antigua.
Lo compré porque me gusta Ibargüengoitia -gran parte de su obra todavía no se ha publicado en España-, pero también intrigado, siquiera por curiosidad, por las notas, comentarios y señales que Vila-Matas había dejado dentro.


Página subrayada en el libro
Siempre me ha gustado ese código secreto, indescifrable, de corchetes, cruces, flechas, subrayados y llaves.

Y en el libro de Vila-Matas encontré, sí, un rastro de señales: dos marcas que, en la página 15, señalaban la frase "los efectos que puede tener en una persona la lectura diaria de un periódico han sido poco estudiados"; otra señal en la 24,  "se pasó once años en un balcón..."; en la 41, un párrafo completo marcado con un paréntesis a lápiz,  y en la 49 una frase subrayada en la que Ibargüengoitia habla de los periodistas, y de cómo entrevistan : "Luego se van. No sé si porque los ahuyento o porque así es la vida".

Hay también, en la página 101, una larga nota manuscrita -rotulador de punta fina y letra diminuta-, en la que habla de los diarios y diaristas.



Pero lo que más me intrigó fue una dirección anotada en la penúltima página (la última está arrancada), en la que se lee: "Bilbao, calle Somera 12, dueño de un bar".
No sé si en calle Somera 12 habrá algún bar. Ni si el dueño seguirá siendo aquél al que se refería en su nota Vila-Matas. Ni por qué, exactamente, lo citaba. Pero, por curiosidad he buscado en las Páginas amarillas y, sorpresa, en esa dirección, hay un vecino que se apellida... ¡Ibargüengoitia!

Tengo que escribir a Vila-Matas, para que nos lo aclare. Aunque no sé, tal vez cuente que el libro no era suyo, y que esa no es su letra. O, lo que sería más intrigante: que es suyo, lo perdió y que le gustaría recuperarlo porque esa nota, al final, es la clave. No se sabe de qué.




PD. Al final, escribí ayer a Vila-Matas  y me contestó, encantador, lo siguiente: "Se extravió a última hora una caja de libros (la única que no había podido revisar de antemano) y lamentablemente corren ahora por ahí algunos de ellos, incluso unos cuantos que consideraba valiosos, dedicados a mí por otros escritores. Voy adivinando poco a poco cuáles son algunos de esos libros que había en esa caja, que se ha convertido en una fuente de problemas.
Reconozco como mío ese Ibargüengoitia (ni lo intentes, me refiero a querer devolvérmelo, diría que No, como ha ocurrido con otros casos) y es verdaderamente un extraño secreto esa dirección de Bilbao..., yo mismo me he quedado intrigado. Abrazo. E."

Estamos buenos...  

PD (2)- Mi amiga Teresa me recuerda un artículo que publicó Juan Bonilla en El Cultural de El Mundo, donde cuenta también la historia de esa caja perdida de Vila-Matas. Puede leerse AQUÍ. 

lunes, 19 de marzo de 2012

Escritorios

Miro mi escritorio en esta foto, e intento verlo como algo ajeno. Y la primera impresión es de zozobra; un aroma a almoneda o chamarilería.
Veo libros, un flexo,  un portátil, y delante una zona oscura, marrón, en la que se ha borrado, con el tiempo, la pintura azul del resto de la mesa. 
Veo un óleo, abajo a la derecha, que me regaló Mazarío, un reloj sobre un cuaderno abierto, y en la pared, una foto de Walser y otra de Baudelaire como dos santos laicos. 

Hay  algo de escenografía casi teatral en los lugares donde se escribe, una coreografía de lo propicio de la que uno inconscientemente se rodea.
 

Siempre me han interesado esos lugares –escritorios, mesas, estudios de pintores-, porque tengo la sospecha fundada de que no son ajenos a la propia creación. Que de algún modo forman parte de ella y que, también de algún modo, la explican.

Así, en esta voluntad confesa de inventario,  me fijo en los cocodrilos de Urberuaga, en los grabados de Pat Andrea, a la izquierda  –dos de esas mujeres suyas de una carnalidad atribulada- , y en un tintero de tinta azul turquesa,  Encre des mers du sud, se llama. 
Veo también una agenda, un diccionario, una batuta y una nota –en el primer estante- de Antonio Gamoneda (esa caligrafía suya, que es casi cuneiforme), al lado de una caricatura de Jorge Ibargüengoitia que me envió Damián Flores, fascinado, después de leer Las muertas.

 









Hay soldados de plomo, avioncitos, cajas de lata, minerales y piedras traídas de por ahí. De Roma, de Lisboa… Un trozo de empedrado que recogí  junto a la iglesia do Carmo, y que pudo, por qué no, pisar Pessoa, con su paso apretado, su maleta de cuero y su  bigote isósceles. 

No se ve, pero hay una estrella de la Orden de la Estrella Roja de la URSS que compré en un anticuario, y hay lápices, bolis que nunca escriben, sacapuntas  y un gormiti que me regaló mi hijo, Andrés, y que me dice que se llama Ópalo Negro. 

Un paisaje caótico, un tanto abigarrado que ahora miro como si fuera un cuadro; entrecierro los ojos y lo convierto en una mancha: azul, naranja, blanca…

¿Y esto lo limpias tu?, recuerdo que preguntó una vez, alarmada, una visita. Y sí, sí que lo limpio, y también como parte de la propia escritura. Mientras  pienso y doy vueltas a un texto, a una frase, cojo el plumero y limpio: la estrella roja, las piedras lisboetas, el retrato de Conrad y el gormiti de Andrés que, me insiste, se llama Ópalo Negro. 



 






El Proyecto Escritorio, original de Jesús Ortega, comenzó a publicarse a principios de este año. Un blog en el que narradores, ensayistas, poetas, reflexionan sobre el espacio de la creación. 
Esta semana ha salido el mío, que puede verse AQUÍ.

Las fotografías pueden ampliarse pulsando sobre ellas.

jueves, 24 de noviembre de 2011

El cuestionario Proust y yo

La semana pasada, Rosa María García, de la librería La Tramontana, en Sitges, me mandó un Cuestionario Proust para su blog. Una treintena de preguntas a las que hay que enfrentarse con respuestas cortas y en lo posible brillantes.  
Acepté encantado y me desvelé como un auténtico inútil en el arte de la oratoria restringida. Todo en mis respuestas son cautelas, matices, vacilaciones, dudas...
El caso es que terminé no sé si el peor cuestionario Proust de la historia, pero sí uno de los más largos. Definitivamente no me muevo con comodidad en el universo de lo lacónico.


Lo que sigue es una selección de preguntas y respuestas. El cuestionario completo se publicará próximamente en el blog Cerca del mar,  AQUÍ, donde podéis leer otros cuestionarios a escritores y editores. 


El mejor sitio para leer. Se me ocurren varios, muchos lugares en realidad en los que he disfrutado leyendo y a los que volvería encantado. La terraza de un hotel, en Cáceres, al sol, hace años. Un banco en un parque infantil aquí al lado de casa, convaleciente de una neumonía. El pupitre 270 de la sala de lectura de la Biblioteca Nacional, donde voy de vez en cuando… Pero lo cierto es que leo en cualquier parte. Me gusta leer en casa y en la calle. En el metro y en los autobuses. En los trenes y en los bancos soleados de la calle o  en el sofá después de comer, los fines de semana, un minuto antes de quedarme dormido. 

El primer libro que leíste. Soy incapaz de recordarlo, pero sí unos libros de Bruguera, “Colección Joyas Literarias” creo que se llamaba, que durante tiempo fueron alguno de mis regalos habituales de Reyes, cumpleaños, fines de curso y enfermedades infantiles. Ahí leí a Salgari, a Dumas, a Walter Scott…
Y luego recuerdo el deslumbramiento, con dieciocho o diecinueve años, de Cien años de soledad; de Sábato, Sobre héroes y tumbas y de Cortázar.
 

¿A qué personaje de ficción te gustaría parecerte? Lo cierto es que gran parte de nuestra memoria emocional se construye en torno a personajes de ficción. Estoy seguro de que aprendimos mucho más de D’artagnan o de Ana Karenina que de personas reales. Me impresionó mucho, en su momento, el capitán Nemo, tan exquisito y sombrío, pero no me imagino viviendo en un submarino, ni interpretando a Bach. 

¿Conoces alguna película que supere al libro? Hay películas tan buenas como los mejores libros. Y no estoy nada seguro de que el cine sea, necesariamente, peor que los libros.  
No leí a Mario Puzzo, y tal vez sea injusto con el libro, pero El Padrino, de Coppola, por ejemplo, me parece una obra maestra. O Blade Runner, de Ridley Scott. 

¿Recuerdas algún libro que hayas sido incapaz de terminar de leer? Todos tenemos una larga lista de libros con los que no conseguimos conectar. Lo importante es saber con qué libros merece la pena ser persistente.
Por ejemplo, he fracasado con el Ulises, pero siempre me ha interesado Joyce y su mundo literario. Me pasa igual con Lezama. Empecé Paradiso y lo dejé, pero Lezama me resulta muy sugestivo como figura literaria.
Hay veces que con determinadas lecturas, hay que saber esperar el momento.

¿Hay algún escritor al que no soportes pero del que te apasione su obra? Se me viene a la cabeza Truman Capote. Aquel chico caprichoso y maleducado, egocéntrico y en muchos aspectos superficial. Debía ser un auténtico cretino. Y sin embargo escribía como nadie.

¿A qué lugar literario te gustaría ir de vacaciones? Soy un perezoso con los lugares y los viajes imaginarios. Y estoy convencido de que hay destinos reales tan sugestivos como los de ficción.
Pero me quedo con la Venecia de Brodsky, si me lo admites como lugar literario. Contaba Brodsky en Marca de agua que la niebla es tan espesa a veces en Venecia, que algunas mañanas, cuando iba a comprar tabaco, volvía a casa por el mismo túnel que había abierto en la niebla al salir.  


El título más bello que recuerdes. Soy un verdadero desastre poniendo títulos, así que siempre me fijo en los ajenos. Me gustan muchos: Entre otros olvidos, de Muñoz Rojas; Travesía del horizonte, de Marías; Escaparate de venenos, de Benítez Reyes; El Olvido que seremos, de Héctor Abad, un precioso libro… Últimamente me ha llamado la atención Calle Aristóteles, de Jesús Ortega.

¿Qué libro guardas como oro en paño? Un libro de Machado que me regalaron los libreros de viejo de Madrid hace un par de años. Di el pregón en el Salón del Libro, y a cambio me regalaron un ejemplar de Nuevas Canciones, publicado en 1924 y firmado por el propio Machado.
Me encanta cogerlo, y hojearlo, y sentir la emoción, irrepetible de saber que Machado también lo tuvo en sus manos siquiera el momento que le llevó firmarlo. 


¿A qué escritor resucitarías? Tal vez a la baronesa Blixen, la autora de Memorias de África. Leí que ya octogenaria vivió una apasionada historia de amor con un poeta mucho más joven que ella. Un día, le hizo grabar sus iniciales en la corteza de un árbol. Y cuando tiempo más tarde lo dejaron, fue con su coche al bosque, sacó del maletero un hacha y señalando el árbol ordenó a su chofer que lo talara. Tiene una frase memorable que dice: “La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas, el mar”. Qué mujer.


Las fotos son de mis estanterías. Las he hecho esta mañana para la conferencia que daré la semana que viene en la Biblioteca Nacional. 



miércoles, 23 de noviembre de 2011

Baroja y los abrigos

Escribo sobre Baroja.  Aquel escritor prodigioso y friolento,que andaba siempre en casa con abrigo -a menudo con las solapas subidas-, boina, un pañuelo de seda y zapatillas felpa que sujetaba con un hilo de bramante. 
Una vez, su sobrino Julio Caro, le regaló uno de sus abrigos que iba a retirar. Y Baroja, a quien quedaba largo, lo cortó con unas tijeras.
Al hacerlo cortó también los bolsillos sin darse cuenta, y así todo lo que metía en su interior se le caía, para su pasmo, por la casa: el tabaco rubio, las gafas de pasta, la pluma Parker, y también las castañas de la suerte, que recogía hacendoso en el Retiro.
 

lunes, 10 de octubre de 2011

Primeras reseñas de Donde se guardan los libros

Autorretrato con libros y lupa 
Donde se guardan los libros (Siruela) lleva apenas un par de semanas en las librerías, y ya han aparecido las primeras reseñas.
Alberto Ojeda se ocupa de él en El cultural de El Mundo bajo el  título El inspector de bibliotecas. Una ocurrencia de Antonio Gamoneda quien, tras visitar su biblioteca me dedicó uno de sus libros con ese apelativo, el inspector. 

También dedica al libro un amplio reportaje Verónica Viñas en el Diario de León, bajo el título, de nuevo,  Un inspector en la biblioteca de Gamoneda.

 Javier Marías, por Gorka Lejarcegi
Y Tereixa Constela en El País, quien el lunes pasado publicó un artículo titulado Un gran autor, una gran biblioteca  en el que habla de aquella de Mario Vargas Llosa, comida por la polilla, en Lima; de la de Enrique Vila-Matas, arrojada heroicamente a un contenedor en plena noche; o la de Soledad Puértolas, siempre amenazada por el apetito de su perra Lura, voraz devoradora de libros, y no precisamente en el sentido metafórico de la palabra.

Del libro se ha hablado en varios blogs, entre ellos, en La vida entre llibres, o en el Diari de un llibre vell, éste en catalán.

El equipo de Página 2 en la blblioteca de Andrés Trapiello
La semana pasada estuve grabando un reportaje para el programa de La 2, Página 2, que lo emitirá próximamente, y con quienes recorrí alguna de las bibliotecas de los autores que aparecen en el libro: Andrés Trapiello, José María Merino, Clara Sánchez... Y también acudí al plató de La aventura del saber, de TVE, a grabar una entrevista que se emitirá ésta semana.


Y ya para terminar, el Magazine de El Mundo le dedicó un amplio reportaje, con texto de Azucena Sánchez y fotos de Chema Conesa, y la cadena SER un espacio de su Club de lectura, en A vivir que son dos días, con Montserrat Domínguez, que puede escucharse AQUÍ.


Gracias a todos